sábado, 15 de septiembre de 2012

LA CIVILIZACIÓN DEL ESPECTÁCULO (OVARGAS LLOSA CONTRA EL MUNDO)


“una existencia que vive con la impresión de haber perdido algo para siempre”
(Pier Paolo Passolini: Teorema)

La periferia que amenaza con devorar el centro es un tema recurrente en la ciencia-ficción. Nos podemos remitir al filme Zardoz, de John Boorman, en el que una élite vive encerrada en una burbuja, en donde pasan los días alabando el conocimiento y el alma glorificada; mientras que, al acudir al imperativo del dios Zardoz, una raza de hombres llamada exterminadores aniquila a los bárbaros. El héroe (Sean Connery) descubrirá que el dios que le ordena matar y que legitima la vida de la gente de la burbuja no es más que un farsante inspirado en el cuento El mago de OZ, de Frank Baum. Tras esto, el héroe huye con una de las mujeres de la burbuja y de su unión nace un niño de una nueva raza. Si recurro a este filme, es porque el nuevo ensayo de Mario Vargas Llosa manifiesta con rigor las mismas situaciones. Según el escritor peruano, la cultura está desapareciendo para dar paso a la civilización del espectáculo, es decir, del mero entretenimiento. Esta degradación va desde las artes hasta el sexo. Con tono nostálgico, el premio Nobel señala los días en que los intelectuales influían en la toma de decisiones de la sociedad. Como con claridad lo expresa Jorge Volpi, en el núcleo de este ensayo palpita una ideología que estropea sus conclusiones.
Desde el inicio hasta el final de su ensayo, de 226 páginas para ser exactos, el creador de Los cachorros  nos habla de valores democráticos; no obstante, inmediatamente encontramos afirmaciones como ésta: “la corrección política ha terminado por convencernos de que es arrogante, dogmático, colonialista y hasta  racista hablar de culturas superiores e inferiores y hasta de culturas modernas y primitivas”. Asume el escritor una condición natural de eso que llama ‘cultura’ y de la prerrogativa de cierto grupo social para abrogarse el derecho de dictar el gusto al resto de la humanidad. Así, la idea de cultura no la asocia con académicos, técnicos, científicos, teóricos o críticos, entre otros, sino con grupos que gozan de acceso a: “…la alta cultura, obligatoriamente minoritaria por la complejidad y a veces hermetismo de sus claves y códigos”. Sé que usted, apreciado lector, puede sentirse tentado a suscribir esta posición. El problema estriba en que para grupos de este tipo lo que usted cuenta como cultura no vale ni un ápice. No crea que estará a salvo por haber leído Rating, de Alberto Barrera Tyszka,  Liubliana, de Eduardo Sánchez Rugeles;  Nunca fui primera dama, de Wendy Guerra; El Ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez; o  La carrertera, de Cormac McCarthy. Los criterios empleados por grupos de estas características son sus simpatías por quienes pertenezcan al grupo o, cuando menos, son reestructurados con el propósito de estar distantes de lo que consideran perteneciente a  las clases inferiores. De allí que Vargas Llosa ataque furibundamente a teóricos como Michel Foucault, como más adelante mostraré. Mientras tanto, apreciado lector, súmele a lo anterior el hecho de que en la visión del escritor hay dos seres en la civilización del espectáculo: primero, los idiotas y papanatas de los países cultos, de democracias liberales; segundo, los que son todo lo anterior pero también primitivos y montaraces, a saber, los países del tercer mundo, como él lo enfatiza con desparpajo.
Lo cierto es que lo que Vargas Llosa asume como natural no ha sido sino un abrirse paso de muchas obras maltratadas en su contexto de recepción primario.  Obras y autores que hoy consideramos canónicos fueron rechazados, censurados y hasta tratados con sorna cuando fueron mostrados al público por primera vez. Por ejemplo, cuando Eugene Delacroix expuso su cuadro La libertad guiando al pueblo, éste fue retirado al poco tiempo por ser considerado demasiado proletario.  El propio premio Nobel nos da dos ejemplos con los cuales podemos ilustrar este punto. Él señala a la pintura de Pablo Picasso como muestra genuina de alta cultura, y en especial resalta la dimensión erótica poco conocida de ésta. ¿Olvida que Las damas de Avignon fue una obra incomprendida cuando apareció? El otro caso ejemplar es el del cine de Alfred Hitchcock. Notemos que hace un par de semanas el British Film Institute anunció que Vértigo se convertía en el mejor filme de todos los tiempos, con lo que desplazaba a El cuidadano Kane, de Orson Welles, del lugar de honor. Algo así hubiese sido imposible de concebir hace unas décadas atrás, puesto que el cine de Hitchcock era considerado simple entretenimiento, por eso el cineasta inglés jamás recibió un Oscar. Permítaseme contar una anécdota pertinente a la discusión: hace un tiempo atrás, cuando empezaba a tocar la guitarra, descubrí con estupor que este instrumento musical había sido tocada por reyes, pero en la medida en que el instrumento se popularizó entre los plebeyos, aquellos decidieron ejecutar otros instrumentos musicales.
Por contra, el ensayo Los bárbaros: ensayo sobre la mutación, de Alessandro Baricco, ofrece una aproximación más objetiva, aguda y original a la cultura y sus productos. Baricco escribe sin pretensiones intelectuales y con el espíritu de entender realmente qué subyace bajo ese complejo maremágnum que llamamos cultura. El ensayista muestra cómo el miedo hacia los bárbaros ha sido una constante en la historia. Su trabajo da ejemplos concretos de cómo lo novedoso ha sido desdeñado en un primer momento. Causa asombro saber que el propio Beethoven fue pitado por el público y que su himno de la alegría fue la música que encumbró a la Revolución francesa. Baricco muestra que el contacto entre la cultura de los bárbaros y la de los civilizados termina por mutar en un producto útil, práctico para el espíritu de la nueva civilización. Ciertamente, las civilizaciones cambian y con ellas las jerarquías. Eso significa que el autor que en una  época fue el máximo ícono cultural en la siguiente no lo sea. Ésta puede ser una explicación loable al hecho de que en La era de Augusto de la literatura inglesa Shakespeare haya sido un autor inútil. ¿De dónde surge ese concepto de cultura que Vargas Llosa invoca? Baricco explica que así como el Antiguo régimen se inventó el poder derivado de Dios,  las clases adineradas e intelectuales del siglo XIX se aseguraron un camino de elevación laica del alma. Su grandeza ya no se debía a un hombre, a un rey o a un dios, sino a su nobleza de espíritu, a su carácter refinado, a su exquisito gusto, a su ilimitada erudición para entender lo que sólo está destinado para un alma elevada, como señalaba Vargas Llosa cuando se refería a la complejidad y hermetismo de los productos de la alta cultura. De esta manera, explica Baricco, nace la idea de música clásica, primer baluarte para la cultura defendida por el escritor peruano.
Queda claro que en esta visión de la cultura se proponga una literatura que enseñe valores: “…las ideas como motor de progreso y su convicción de que las grandes obras literarias enriquecen la vida, mejoran a los hombres y son el sustento de la civilización”. Al menos hoy, no creo aventurado aseverar que la literatura es amoral. Si alguien quisiera aprender de moral y educación, le será más productivo acudir a un manual de autoayuda o a la  biblia. Esto no quiere decir que no se aprendan o copien modelos de los libros. Las ciencias cognitivas tienen mucho que decir en cuanto a esto. Leer la mente, ensayo de Jorge Volpi, arroja luces sobre este tema. En todo caso, ¿qué nos tendrían que enseñar Lolita, de Vladimir Nabokov, o los cuentos de Edgar Allan Poe? Esto nos lleva a Michel Foucault, ya que Vargas Llosa lo acusa de hacer que los jóvenes duden de toda autoridad. Es comprensible que alguien que se incline por una lectura conservadora, educativa  y de datos históricos le incomode teóricos como Deleuze, Guattari, Foucault, Baudrillard, Althusser, Kristeva o Derrida, quienes, como se sabe, cuestionaron el poder por una necesidad histórica. Vale la pena leer los argumentos del filósofo Michel Onfray sobre el estado actual de la enseñanza de la filosofía en Francia, en su obra La comunidad filosófica: manifiesto por una universidad popular.
Para Vargas Llosa, el erotismo: “…nace de un producto de la alta civilización, un fenómeno inconcebible en las sociedades o en las gentes primitivas y bastas, pues se trata de un quehacer que exige sensibilidad refinada, cultura literaria y artística y cierta vocación transgresora” Es decir, los tercermundistas nos apareamos como una manada de chimpancés. Mario Vargas Llosa se hace eco del memorable lema que George Orwell inmortalizó en Rebelión en la granja: “todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”.
Publicado en el diario El Periodiquito el sábado 15 de septiembre de 2012


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