sábado, 25 de febrero de 2012

El curioso caso del 'Teddy bear', osito de peluche en inglés

No tengo duda de que el estudio de la etimología demanda una pérdida de la capacidad de asombro. Si consultamos un diccionario, por ejemplo, notaremos que la palabra actor deriva del vocablo griego 'hipócrita', y que 'robot' lo hace del checo ‘esclavo’. Borges, siempre luminoso, sentenció: “dadas tales transformaciones, que pueden lindar con lo paradójico, de nada o de muy poco nos servirá para la aclaración de un concepto el origen de una palabra”.


Un ejemplo local es la expresión "ponerse Popy", ya que para su correcto uso en nuestros días de nada nos servirá saber que Popy fue un payaso muy popular por sus canciones infantiles, que fue presentador de programas de TV, entre otras cosas. Pensemos en el caso de un ladrón que le ordena a su víctima que le dé todo el dinero y que no se ponga Popy. Aquí, como se ve, ni siquiera la noción de 'payaso' ayudaría a entender qué actitud debe asumir la víctima, puesto que de ésta se puede decir que asume cualquier estado emocional, salvo poco seriedad.

Reseñemos la historia de una palabra de la lengua inglesa: Theodore Roosevelt, vigésimo sexto presidente de los Estados Unidos, cuentan sus biógrafos, padeció de marcada debilidad física durante su infan

cia, parte de ello causado por el asma. Por esa razón, Roosevelt se sometió a extenuantes ejercicios físicos, y a toda rutina de actividades a campo abierto, que lo llevaron a fortalecer su complexión y ser un ser robusto, como es mostrado en las fotos en digna pose de perro sabueso. Acerca de su muerte se diría: «La muerte tenía que llevárselo dormido, porque si Roosevelt hubiera estado despierto, habría habido una pelea».

Roosevelt, de allí en adelante, emprendería una vida agitada hasta su llegada a la Casa Blanca después de la muerte de William McKinley. La presidencia de Roosevelt estuvo llena de extravagancias. Isaac Asimov escribe: “mantuvo su cargo hasta el año 1909, llenando la Casa Blanca y la nación de su exuberante (y en ocasiones inmadura) personalidad.


La gerencia de Roosevelt también es la transformadora de la Doctrina Monroe. En 1904, pronuncia su discurso ante el Congreso que convierte a los Estados Unidos en una policía supranacional y Estado intervencionista. Peter Woll en su libro ‘Gobierno Americano: el núcleo’ describe como su mandato instigó la lucha entre Colombia y Panamá para construir el conocido Canal en este último. Roosvelt también fue responsable de las brutales invasiones a República Dominicana y Cuba, y la potenciación del protectorado a Filipinas.


En 1908, decidió no postularse para la reelección. Luego, fiel a su extravagante genio, emprendió un viaje a África para efectuar un safari. Se cuenta que continuamente llegaban noticias a los Estados Unidos sobre sus dotes de cazador, al parecer, algunas algo inverosímiles, noticias que los norteamericanos no tomaban tanto en serio, pero sí con una nada injustificada mofa.


Theodore Roosevelt también era llamado 'Teddy'. Su figura presta el nombre a los ositos de peluche en inglés, porque estos serían del mismo tamaño y de la fiereza de los que él cazaba. En inglés pueden llamarse simplemente ‘teddy’. Otro origen que se le atribuye a 'teddy bear' es que a Roosvelt le habían un preparado un oso ya herido, y que no quiso participar de la farsa que se preparó con motivo de una foto. En esta versión, Roosvelt deja de ser un audaz atleta para convertirse en una insignia moral, un hombre de honestidad impoluta.


En nuestra tiempo, un ‘teddy bear’, a pesar de su extraño origen, es un símbolo de ternura que se entrega a una persona a la que queremos mostrar nuestro amor, con la luna y las estrellas de testigos, y con las mismísimas olas recitando en su espumoso vaivén “ella camina con belleza, como la noche”, de Lord Byron.


Historias cruzadas (o el baño como objeto ideológico)


“allá lejos, en el sur,

(Cadáver balanceante).

Pregunté al blanco señor Jesús

De qué servía la oración.

(Langston Hughes: Canto de una muchacha negra)

Propongámonos realizar un ejercicio cognitivo: aprendamos desaprendiendo. Suspendamos la creencia de que la ideología es un asunto del marxismo y de que es perversa. Es comprensible que en un país polarizado como el nuestro se sostenga esta idea reductiva, la cual, paradójicamente, reproduce el discurso ideológico antimarxista de la Guerra fría. El hecho es que no existe un fuera de la ideología; no lo existe ni para quien pretende tomar distancia cínica, como lo explica profusamente Slavoj Zizek en El sublime objeto de la ideología, ni para el sujeto posmoderno que se ufana de su condición posideológica. Es imposible que el sujeto no tenga ideología por cuatro razones básicas: a) ocurre a nivel inconsciente; b) produce goce; c) cognitivamente, permite darle sentido a los fenómenos del mundo; y d) orienta nuestras acciones cotidianas. En el filme Historia cruzadas, de Tate Taylor, se palpa un ejemplo singular de la práctica ideológica.

El film recrea el problema de segregación racial en el sur de Estados Unidos. En concreto, en Jackson, Mississippi, donde la joven Skeeter (Emma Stone) inicia una serie de entrevistas a las reacias criadas negras de las familias ricas del pueblo. Durante las conversaciones, los desmanes sufridos por las sirvientas se combinarán con la memoria de la protagonista al punto de que ésta usará los testimonios para cambiar la situación social de estas mujeres.

Dejando a un lado lo obvio, esto es, los actos de habla ofensivos propios de un discurso racista. Detengámonos en un aspecto de harto interés para un análisis crítico del discurso: la autorepresentación del racista, es decir, cómo éste presenta su imagen en público. Análoga a la actitud del posmoderno, el racista niega su situación de estar imbuido de ideología racista. Por consiguiente, recurre a un conjunto de estrategias para mitigar su autoimagen ante las demás personas.

El problema que establece las relaciones entre los personajes del film es la expulsión de Aibileen (Viola Davis) del baño de sus patrones. Hilly (Bryce Dallas Howard) ha llenado el objeto baño con sus fantasías ideológicas. De ahí se sigue que ella argumente que los negros transmiten enfermedades. Quien mejor nos puede iluminar en este aspecto es Susan Sontag, cuyo libro La enfermedad y sus metáforas, el sida y sus metáforas revisa cómo históricamente la metáfora de la enfermedad es recurrente en el discurso racista. Las enfermedades siempre vienen desde un afuera donde se ubican los otros. En el imaginario del racista, la mala higiene y pobre salud de los otros constituyen una fuerza irracional que amenaza la armonía y estabilidad de su mundo. Sontag nos recuerda que por algún tiempo se creyó que el Sida se había originado en África, el continente negro.

Igualmente, cuenta Sontag que para el discurso oficial del nazismo las personas de mixtura étnica eran llamados ‘sifiliticos’ y la llegada de la peste bubónica a Europa fue adjudicada a los judíos. En Los anormales, Michel Foucault nos da una idea de los motivos inconscientes que hacen actuar a Hilly: “…el modelo del individuo a quien se expulsa para purificar la comunidad…”. No permitirle a Aibeleen usar el baño sería purificar el espacio físico que se ha corrompido, degradado, envilecido. Esta acción comporta la expulsión de la criada de las estructuras formales de las relaciones entre individuos, es decir, la convierte en un objeto desprovisto de significado, una incongruencia en estado puro, algo que no podemos entender. El baño se ubicaría entre las categorías del esquema ideológico elaborado por Teun van Dijk en Ideología y discurso, en tanto responde a la pregunta de quiénes pueden disponer de los recursos del grupo ideológico.

Señala van dijk en Racismo y discurso de las élites que en el discurso racista se introduce el altruismo: “…hemos encontrado en nuestro análisis de tácticas <> está todavía más marcado en las argumentaciones que sugieren que el orador quiere ser firme <>. El filme La última cena, de Tomás Gutiérrez Alea, es ejemplar de esto cuando encontramos que el patrón les aconseja a sus esclavos que si aceptan su castigo físico con agrado, llegarán a ser incluso más felices que los blancos. En Historias cruzadas, cuando Hilly le anuncia a Aibeleen la construcción de su propio baño le explica que es para su beneficio.

En Historia del excremento, Dominique Laporte identifica los rastros de ideología en los baños de la Inglaterra de la reina Victoria. Estos eran símbolos de belleza, de lujosos ornamentos y finos materiales. Slavoj Zizek se ha ocupado de estudiar la forma de los sanitarios de varios países de Europa y concluye que en ellos se expresan la ideología de estas naciones, como, por ejemplo, en Alemania el hoyo se encuentra en la parte delantera del sanitario, ya que se cree que el excremento debe ser visto para rastrear señales de enfermedades. Por mi parte, he pasado los últimos meses analizando los mensajes escritos en las paredes de cubículos de baños públicos (sólo de caballeros, claro está). Especialmente, me he centrado en aquellos que tienen contenido ideológico y en los que se identifican la participación de varios individuos. Esto me ha llevado a plantearme algunas interrogantes: ¿qué motiva a una persona a escribir un mensaje ideológico en medio de necesidad fisiológica? ¿A quién se dirige nuestro mensaje si todo acto escritural tiene un lector, aunque sea imaginario? ¿Por qué replicarle a alguien anónimo, quien tal vez nunca vuelva a visitar ese baño para leer nuestro mensaje? la respuesta parece ser que escribimos porque en la ideología hay goce y en ese espacio íntimo vaciamos todas nuestras fantasías, por tanto, cualquier perturbación a éstas nos incomoda como si fuese el ojo del anciano del El corazón delator, de Edgar Allan Poe, es como una mancha que está a punto de saltar sobre nosotros para devorarnos, por eso insistimos en borrarla, en tacharla, como cuando el personaje central del Fruto al fondo del tazón, de Ray Bradbury, se arroja compulsivamente a borrar las huellas de su crimen hasta que amanece y la policía lo descubre. En síntesis, respondemos estos mensajes para que no nos perturbe, para que no nos prive del goce.

Si Hilly con la expulsión del baño transforma a Aibeleen una suerte de mancha irracional y amenazante, el nuevo baño al mismo tiempo se convierte en el símbolo de un estigma. El sociólogo Erving Goffman nos orienta en la comprensión de un símbolo de este tipo en su notable libro Estigma: la identidad deteriorada “…signos especialmente efectivos para llamar la atención sobre una degradante incongruencia de la identidad, y capaces de quebrar lo que de otro modo sería una imagen totalmente coherente, disminuyendo de tal suerte nuestra valoración del individuo” como es evidente, la dimensión traumática de un símbolo así es que es la información social que otros reciben ante nuestra presencia. Una asociación pertinente es la de la novela La letra escarlata, del escritor norteamericano Nathaniel Hawthorne, cuya heroína Hester Prynne es condenada por la sociedad puritana a llevar en el pecho la letra ‘A’ de adultera. Con todo, lo más aterrador parece ser que estos símbolos de estigma se convierten en la persona misma, como los números con los que fueron marcados los judíos durante el Holocausto.

Hoy día, desde los estudios psicoanalíticos hasta el análisis crítico del discurso, se evidencia que la concepción general de ideología es el de un sistema de ideas de un grupo social, lo que podría incluir al feminismo o a la ecología, entre otras. El enfoque que referimos al principio no nos permitiría apreciar las prácticas ideológicas en Historias cruzadas, la cual nada tiene que ver con el marxismo. La ideología se reproduce desde los filmes que disfrutamos en el cine hasta en las formas de los sanitarios que usamos en baños públicos, y quienes aseguran superarla seguramente son quienes más la practican en la orientación de sus actos cotidianos, como el ateo del chiste: “gracias, Dios, por hacerme ateo”.

publicado en el diario El Periodiquito de Maracay el sábado 25 de febrero de 2012