martes, 13 de marzo de 2012

La más fiera de las bestias, de Lucas García: ser bestia o no serlo. He allí el dilema

Sin pretensiones de anarquista, confieso que muchas de las reglas y leyes que rigen nuestras vidas entrañan un componente traumático. El servicio de transporte de mi vecindario, por ejemplo, ha anunciado que cobrará un recargo adicional en horario nocturno. Entiéndase por esto de 9 pm a 5 am. Sin embargo, es evidente que ningún servicio de transporte público en Venezuela trabaja en horas de la madrugada. Un segundo ejemplo lo podemos extraer de la constitución nacional de 1961, la cual establecía en su artículo 60, parágrafo 9, que: “nadie podrá ser objeto de reclutamiento forzoso ni sometido al servicio militar sino en los términos pautados por la ley”. No obstante, la práctica abierta eran las redadas para reclutar jóvenes con el propósito de que prestaran dicho servicio. Yo mismo estuve a punto de padecer esta aberración social. Un último ejemplo que se me ocurre proviene del campo del lenguaje. Es conocido que a finales del año 2010 entraron en vigor una serie de cambios en la ortografía de la lengua española. Según estos, el conocido cuento La I latina, de José Rafael Pocaterra, ahora debería sólo (colocando la tílde a esta palabra estoy incurriendo en anarquismo) llamarse La I, y si quisiéramos explicarle a alguien como se escribe Venezuela, debemos empezar con el sonido [ube] que representa ahora a la letra ‘V’. Similarmente, una vieja serie de televisión de ciencia-ficción se llamaría V [ube], invasión extraterrestre. Ejemplos como estos se manifiestan desde la familia hasta la sociedad. En fin, esta larga introducción me sirve para asomar parte de lo que trata la reciente novela de Lucas García, La más fiera de las bestias.


La novela nos habla de Sebastián Márquez, hombre que un día despierta sin recuerdos en el cuarto de un lugar clandestino, donde torturan brutalmente a quienes han cometido crímenes. Con unas técnicas de autodefensa que no sabe donde aprendió, Márquez logra escapar del lugar y se une a una banda de delincuentes, y, desde ese momento, no deja de pensar en regresar al lugar donde cree que puede encontrar información sobre su verdadera identidad. Finalmente, Márquez descubrirá que formaba parte de un cuerpo élite encargado de castigar a aquellos asesinos que la ley dejaba en impunidad, y que su ingreso en el lugar fue por decisión propia, puesto que se sentía culpable del accidente fatal que sufrieron su esposa e hija cuando huían de él, luego de que aquella se enterará de su oficio clandestino.


Las torturas que se presencian en esta obra son dignas de los mejores castigos que se han producido hasta ahora en la literatura y en el cine: Primero, un grupo de médicos evalúa la salud de los asesinos raptados; luego, proceden a infligir feroces maltratos físicos hasta donde el cuerpo resista. El objetivo es llevar a la víctima hasta el borde de la muerte para luego reanimarla, curarla y así continuar hasta que algún día el cuerpo ceda. En uno de los momentos más sórdidos de la novela, uno de los presos se desmaya luego de que le colocan en la nariz el pie que le acaban de serruchar, pero cuando despierta nota que le han vuelto a coser el pie, lo cual es una señal inequívoca de que no cesará la tortura.


En un brevísimo inventario sobre castigos severos en la literatura y el cine, podríamos mencionar: El tonel de amontillado, de Edgar Allan Poe, en el que Montressor dilapida vivo al ebrio Fortunato; en el filme La piel que habito, de Pedro Almodovar, un hombre le practica una vaginoplastia al violador de su hija; Hester Prynne, personaje central de la novela La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne, debe llevar en el pecho la letra A, símbolo de adulterio; en El secreto de sus ojos, el cineasta Juan José Campanella cuenta la historia de un violador y asesino que es encerrado por el esposo de su víctima sin que nadie nunca sepa nada de esto, lo cual equivaldría a una muerte en vida; a Jean Val Jean lo encierran en una escabrosa cárcel por robar pan para sus sobrinos en Los Miserables, obra fundamental de Victor Hugo; en el cuento Blacaman, el bueno, vendedor de milagros, de Gabriel García Márquez, un joven con poderes mágicos visita la tumba del hombre que lo maltrataba para revivirlo durante la eternidad; McMurphy es lobotomizado y dejado en estado vegetal en Alguien voló sobre el nido del Cuco, novela de Ken Kesey; Winston Smith debe soportar su peor fobia en la distopía de George Orwell, 1984: ser atormentado con ratas; por último, uno de los personajes de Los desterrados, de Eduardo Sánchez Rugeles, decide asumir el disfraz de Winni Pooh como su propia piel, personaje al que abomina, pero es precisamente esto lo que le sirve como autocastigo por el asesinato accidental de una persona. A pesar del humor que este pasaje produce, no hay nada trivial en él, ya que vivir como el otro que tanto se odia, perder la identidad, privarse de la propia subjetividad, es una variante de la muerte.


La más fiera de las bestias nos aterra desde dos dimensiones: por una parte, las leyes formales han fallado hasta el punto que las personas han decidido castigar por sí mismos a los delincuentes; por otra, este castigo llega a ser tan atroz que quienes lo aplican se han convertido en bestias a la par de los asesinos que torturan. Quizá lo más traumático, y he allí lo que para mí es lo más valioso de la obra, por cuanto se conecta con la psiquis colectiva, es que la novela nos confronta con nuestros deseos más profundos: propinar un justo castigo a quienes causan flagelo. Uno de los filmes que mejor ha planteado esta problemática es Días de ira, de F. Gary Gray, en el que Clyde Shelton (Gerard Butler) decide por medio de un juego de apariencias ajusticiar a los hombres que violaron y asesinaron a su esposa e hija, pero también mostrar lo endeble y cínico del sistema judicial.


No es la primera vez que Lucas García propone este tema, ya que en su cuento Nocturno, pieza integrante del libro Payback, relataba, desde la perspectiva de un beodo sentado en un bar, una serie de extraños acontecimientos. Según este hombre, personas desconocidas intervenían para frustrar los actos delictivos en Parque Central. Al final del cuento, descubríamos que el barman y otros inquilinos del edificio conformaban un grupo que enfrentaba el delito.


En suma, Lucas García explora en La más fiera de las bestias la violencia en su fase más perversa: las víctimas no son sólo víctimas, sino que confrontados con un aparato judicial vicioso y absurdo se han transfigurados en victimarios.

lunes, 5 de marzo de 2012

Ayn Rand leída por Lakoff, Freud y Lacan

En la introducción a su colección de ensayos, titulado La virtud del egoísmo, Ayn Rand anota como un argumento base para su Ética Objetivista una curiosa definición de altruismo: “el altruismo declara que cualquier acción tomada para el beneficio de otros es buena, y cualquier acción tomada para beneficio propio es mala”. Es curiosa porque, propuesto así, beber agua, alimentarse, asear el cuerpo, entre tantos actos cotidianos, serían acciones perversas. Como se deja interpretar, esta noción de altruismo es insostenible. Arbitrariamente, Rand echa a un lado otras nociones que explican la naturaleza de las acciones altruistas. En este horizonte conceptual, el DRAE registra esta acepción del lema altruismo: “diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio”. Entretanto, el Diccionario Oxford ofrece esta definición en inglés: “the belief in or practice of disinterested and selfless concern for the well-being of others”. Vertido al español, esto significa: “la creencia en o la práctica de preocupación desinteresada por el bienestar de otros”. Es patente que Rand acude a una definición de altruismo sesgada, parcial, por tanto, las ideas que sustentan su edificio teórico son endebles ante cualquier argumentación vigorosamente fundamentada. Vayamos al núcleo de sus ideas: el superhombre racional.


Para Rand, el hombre debe actuar para su propia sobrevivencia. Esta idea la sintetiza en el siguiente extracto: “Los tres valores cardinales de la Ética Objetivista- los tres valores, los cuales, juntos, son los medios para y la realización de los principales valores de uno, la vida de uno-son: la razón, el propósito, el auto-estima, con sus tres virtudes correspondientes: racionalidad, productividad, orgullo”.


Acaso más revelador es la aseveración con la que Rand prosigue su disertación, columna vertebral de su cuerpo teórico: “La racionalidad es la virtud básica del hombre, la fuente de todas las otras virtudes. El vicio básico del hombre, la fuente de todas sus perversiones, es el acto de desenfocar su mente, la suspensión de su conciencia…”. La sobrevivencia y felicidad del hombre dependerá de su racionalidad, una que, vista desde Rand y los ejemplos que ofrece, alcanza el estatus de superhombre racional ideal.


Rand parece orientada por coordenadas cartesianas. Su sujeto bien puede afirmar: “pienso, luego existo”, es decir, Rand explica a un sujeto del siglo xx como si fuese uno del siglo XVII. Tomemos una de sus afirmaciones que bien podría replantearse como una máxima: no tengas emociones, ya que éstas no son herramientas de cognición.


En otros lugares, el lingüista cognitivista George Lakoff ha aducido que la producción de lenguaje se fundamenta en la irracionalidad del pensamiento. Es decir, cuando producimos y recibimos lenguaje no estamos en pleno control de los procesos mentales que nos llevan a dar sentido. No estamos completamente conscientes de lo que decimos y el significado de lo dicho. Por otra parte, no se puede concebir el lenguaje sin su componente emocional. Lakoff ofrece un ejemplo ilustrativo en su libro No pienses en un elefante cuando analiza la propuesta del partido republicano: ‘tax relief’ (alivio de impuestos). Quien escucha esta propuesta no se percata de que es una metáfora. Adicionalmente, está metáfora evoca un marco cognitivo en el cual hay una enfermedad, ya que si hay un alivio es porque hay dolor. De modo que quien propone un alivio a quien está sufriendo es una persona generosa. Lo que está metáfora oculta es que si no se pagan impuestos, no habrá presupuestos para programas sociales. En cualquier caso, el individuo que entre en contacto con la propuesta ‘tax relief’ actuará a favor de ésta aún cuando no le beneficie, lo que demuestra el componente irracional y emocional que actúa acá.


Bien se puede señalar con severidad a alguien que responda de la manera que señalé arriba, pero conviene conocer que la emotividad del hablante constantemente permea el lenguaje. Abandonemos nuestros prejuicios por un momento y observemos la siguiente falsa conjugación del verbo unipersonal ‘haber’ en una oración que escucho en boca de los estudiantes con frecuencia: “habemos pocas personas en el salón de clases”. Este error parece explicarse si comprendemos la necesidad del hablante por estar cerca de la acción, por incluirse. Por otra parte, nuestra historia política registra al verbo intransitivo ‘renunciar’ usado como transitivo por parte de Rómulo Betancour durante su tercer mandato: “Yo soy un Presidente que ni renuncia ni lo renuncian”. Es claro que con esto Betancour busca acercarse a lo significado por la acción, estar presente, por eso, además, se coloca a sí mismo como objeto directo, algo que no lograría la construcción: “nadie me hace renunciar”. Steven Pinker, por su parte, ha explicado que los insultos no sólo buscan deteriorar la imagen del otro, sino que expresan el malestar de quien lo profiere. Viene a la mente el cuento Y la tierra no se lo tragó, de Tomás Rivera, en el que un joven campesino luego de tanto sufrimiento no sigue el consejo de su mamá y blasfema contra Dios. El resultado irónico es que la tierra no se lo traga, pero, en cambio, siente un profundo alivio. Cabe recordar que ya Roman Jakobson había evidenciado la presencia de la función expresiva en el lenguaje, esto es, los sentimientos del emisor del mensaje. Las adjetivaciones son ejemplos de esto. Catalogar a un filme como bueno indica más de las emociones del hablante que de las condiciones objetivas de aquel.


La teoría del superhombre de Rand no deja espacio para uno de los más importantes hallazgos de la historia de la humanidad: el inconsciente. Desde Freud hasta Lacan, la fuerza que mueve al individuo es el inconsciente. Para Freud, la etapa edípica del infante entraña la represión del deseo sexual hacia los padres. Para Lacan, es más la entrada al lenguaje, donde los signos lingüísticos serán sólo significantes cuyos significados se deslizarán, así que para que el individuo pueda producir significado contará con ‘points de capiton’, es decir, significantes que darán significado a todo el enunciado de forma retroactiva.


Lo Real del inconsciente, el deseo en estado puro, se manifiesta a través del sueño, ya que no puede expresarse con la sintaxis del consciente. El inconsciente se manifiesta con condensación y desplazamiento, es otras palabras, con metáfora y metonimia, mecanismos en los que los significados se desplazan, las cosas no son las que deberían ser. De allí la importancia de la afirmación lacaniana sobre la que el inconsciente está estructurado como el lenguaje.


En un artículo de 1907, Freud señalaba que los individuos sueñan despiertos para llenar sus deseos insatisfechos. En este tipo de sueños, los sujetos se convierten en lo que no son y tal vez nunca lleguen a ser. Freud también llegó a aseverar que si un grupo de individuos está insatisfecho, no tienen actividades de goce y no subliman sus represiones, pueden padecer estados neuróticos o plantearse una rebelión. Rand, en cambio, propone un superhombre racional quien ante situaciones adversas no se inmuta. Este es el caso que ella misma refiere cuando dos hombres van en busca de un mismo trabajo. Aquí, la persona que no logra el trabajo, a pesar de que pueda tener a varios niños muriendo de hambre y una casa a punto de perder por no pagar la renta, no se angustia ni entristece, puesto que es un hombre racional, no emocional, un hombre que entiende que el otro merecía el trabajo y no él. Ni decir del hecho de que Rand no considere un conjunto de factores externos al sujeto racional, quien por mucho que se esfuerce puede ser objeto de estos: quiebre de compañía, accidentes, entre otras experiencias traumáticas. Un ejemplo prototípico de este punto es el padre de Jack en el filme El árbol de la vida, de Terrence Malick, quien ha intentado educar a sus hijos para que sean ganadores, el típico ‘winner’ metafórico de la cultura norteamericana, pero quien repentinamente ve como su mundo organizado se derrumba y él mismo se convierte en un perdedor.


Uno de los señalamientos más difícil de asimilar de Rand es su concepción de amor: “sólo un hombre racionalmente egoísta, un hombre de autoestima, es capaz de amar”. Con esto Rand parece desafiar la neolengua de la novela 1984, de George Orwell, en la que es posible la paradoja “la guerra es la paz” (algo que además la autora realiza constantemente cuando opone términos que no están en relación de antonimia, como altruismo vs autoestima o cuando llama ‘ética’ a esta propuesta). Un ejemplo que encontramos en La virtud del egoismo se deja interpretar así: si la mujer de un hombre está muriendo, éste debe ayudarla porque ella es de valor para él y no porque ella se beneficie por esto. Desde esta óptica, ella debería agradecerle a él por quererse tanto a sí mismo que decidió invertir en ella como algo de mucho valor para él. Rand tampoco da un ejemplo sobre qué haría una persona que cuente con pocos recursos económicos y deba decidir si ella o sus hijos deben ser beneficiados, ya que en la teoría de Rand no hay cabida para el sacrificio, ninguno como el de Guido por Josué en La vida es bella, de Roberto Begnini. El superhombre racional de Rand ve en las relaciones interpersonales una fuente de intercambio mercantil. Lo más significativo es que Rand nunca aclara lo que ella entiende por amor. ¿ES EL AMOR RACIONAL? Si el amor es racional, los individuos pueden decidir en qué momento amar a la otra persona o dejar de amarla definitivamente. La propuesta del amor como algo no emocional requeriría todo un tratado aparte. Como se ve, este hombre no sólo es superracional sino supernarcisista y, extrañamente, al amarse más a sí mismo ama a los demás.


En cuanto a la ayuda a otros individuos, Rand da unos consejos que resultan harto obvios, pero que ella quiere hacer pasar como argumentos. Por ejemplo, si el hombre superracional ve que otra persona se está ahogando, prestará ayuda únicamente bajo la condición de que sepa nadar y calcule los riesgos que esto representa. La obviedad estriba en que si alguien no sabe nadar, nadie podría entender qué pretende con lanzarse al agua para salvar a otra persona. Lo que si resulta irracional es que una persona se detenga a considerar los costos y beneficios en medio de un accidente u hecho riesgoso.


En síntesis, espero no haber incurrido en el argumento de intimidación que la propia Rand alude en el último capítulo de su libro. No obstante son muchas otras las cosas que se pueden refutar de sus ideas, me limito a señalar las inconsistencias del superhombre racional que, en suma, es el eje motor de su andamiaje teórico, superhombre racional que ni siquiera los robots positrónicos de Isaac Asimov, con toda su automaticidad, logran equiparar en pasmosa frialdad y milimétrico cálculo.

El árbol de la vida: la ley del padre terrible





“La culpa es la espuela y el freno del deseo”
(Octavio Paz: El laberinto de la soledad)


En lo que atañe al psicoanálisis, la familia parece tener dos funciones fundamentales: a) formar la subjetividad del individuo; b) integrar a éste en un orden simbólico de relaciones sociales que a la postre se proyectarán en la sociedad. Esto ocurre, nos dice Terry Eagleton en Teoría literaria: una introducción, porque a diferencia de los otros animales la sobrevivencia del ser humano en sus primeros años de vida depende enteramente de los padres. Podemos establecer una asociación entre estos aspectos teóricos y El árbol de la vida, reciente filme del cineasta Terrence Malick.




El filme nos habla de Jack (Sean Penn), hombre cuya vida actual está desequilibrada por su tormentosa relación con el padre (Brad Pitt). Podemos trazar la crisis de Jack a un sentimiento de culpa inconsciente. ¿De qué es culpable Jack? La respuesta es de desear durante su infancia la muerte del padre. El pequeño Jack reza para que su padre muera e, incluso, flirtea con el parricidio cuando se siente tentado a halar el gato hidráulico que sostiene el vehículo que su papá repara. Estrictamente, el problema del protagonista es no superar la fase edípica con éxito, a saber, el deseo por la madre (Jessica Chastain).



Nos dicen que mientras el infante se alimenta del cuerpo de la madre descubre placer. Es decir, surgen las zonas erotógenas. Un beso no es otra cosa que la activación posterior del goce que el niño disfrutó cuando lo amamantaban. Durante la infancia, el niño concibe su cuerpo y el de la madre como uno solo, en otras palabras, ambos forman una unidad: el sujeto no tiene ni subjetividad ni género. A propósito de la vida del hombre, Octavio Paz anota en El laberinto de la soledad: “niño, descubre la feminidad en la madre o en las hermanas. Y desde entonces el amor se identifica con lo prohibido”




La fase edípica consiste en la identificación del niño con el padre, su rival. Éste simboliza la Ley que, a juicio de Lacan en Las formaciones del inconsciente, ordena la prohibición al niño: “no te acostarás con tu madre”. Esta Ley prefigura las otras leyes que el futuro adulto encontrará en la cultura. Los psicoanalistas sostienen que el niño se somete al padre por el peligro de castración latente (la madre no tiene falo), y de ahí se sigue que el infante se identifique con el padre y acepte su rol de hijo como parte de una vasta red de relaciones sociales. Pero superar la fase edípica conlleva reprimir el deseo por la madre, lo que da surgimiento al inconsciente.



De vuelta a El árbol de la vida, hemos de observar dos segmentos claves para entender lo que ha sido explicado. En uno, Jack espera a que el padre abandone la iglesia para saltar por encima de los bancos del recinto, luego ocupa el asiento de piloto del carro, y entonces se alternan planos subjetivos cuando observa al padre y encuadres del niño en ángulo contrapicado (cámara mirando hacia arriba) cuando mira a la madre a su lado, lo que magnifica su imagen. Es claro que el pequeño fantasea con ocupar el lugar patriarcal, como cuando dicta la ley a sus hermanos en ausencia del padre. Su comportamiento en la iglesia es de irrespeto por la autoridad. En el otro segmento, ante la mirada perpleja del padre, Jack vocifera: “ella sólo me ama a mí”.



Tanto en su documental La guía de cine para el perverso como en su libro El sublime objeto de la ideología, el filósofo y psicoanalista Slavoj Zizek afirma que el padre se convierte en una ley traumática cuando debemos obedecerle no porque sea sabio, bueno o justo, sino de manera dogmática por el solo hecho de ser nuestro padre. Así, el padre atenta contra el principio de placer del niño. Hay momentos en el filme de Malick en los que el padre dicta leyes irracionales: sentados a la mesa, ordena a uno de los niños que se vaya por haber reído, y al reírse Jack de esto le pregunta si lo está desafiando; a otro de los pequeños le emplaza a sentarse a dos pulgadas de la mesa. Pero lo que veda a sus hijos él lo hace. Es el patriarca que dice: “sólo yo puedo gozar”. Zizek ha realizado una de las interpretaciones más originales del psicoanálisis de los últimos tiempos al relacionar esto con la política, orientación que también sigue Ana Teresa Torres en La herencia de la tribu para explicar la relación de los venezolanos con los héroes de la independencia.




Se ha señalado que El árbol de la vida está inspirado en la vida real de una familia norteamericana de los años 50. Dentro de este ámbito, el lingüista cognitivista George Lakoff, en su libro No pienses en un elefante, elabora la tipología binaria del padre en la sociedad norteamericana: el padre que nutre y el padre estricto. Este último es el tipo de padre que le advierte a su hijo que el mundo es un sitio perverso, lleno de gente vil que se puede aprovechar de su buena fe. Por tanto, debe aprender a pelear, porque ser bueno es ser débil. Este tipo de padre premia a quien acepte la autoridad y castiga con severidad a los indisciplinados. Es decir, construye al consabido ‘ganador’ de la sociedad norteamericana.



En este sentido, el papá de Jack es un padre estricto. De allí su constante ley severa contra su progenie. Con todo, notamos que el padre fracasa como el modelo ideal para los niños, ya que por factores ajenos a él se convierte en un perdedor, categoría estigmatizada en la cultura norteamericana, cuyas complejas causas no podrían ser previstas por la reductiva teoría del superhombre racional del cual habla Ayn Rand en su obra, digna de un sujeto del siglo XVIII.


Podemos ubicar la inversión de la problemática de este film en la memorable novela de William Golding El señor de las moscas: ante un inminente ataque nuclear, un grupo de niños es evacuados en un avión, pero éste se estrella en una isla. Los pocos niños sobrevivientes se reúnen y se organizan en las diversas labores para poder sobrevivir, pero algunos infantes se dedican a cazar y pronto se abandonan a las actividades de placer. Estos niños ganarán la adhesión del resto del grupo y se tornarán salvajes a tal grado que asesinarán a quien no se someta a su ley. En las páginas finales del libro, los niños persiguen a Ralph para, según se sugiere, cortar su cabeza y colocarla en una estaca, pero en el último instante llega un grupo de militares a la isla y los niños sueltan sus armas y rompen en llanto. Se evidencia que la llegada del adulto es la llegada de la ley. Los niños se someten a la autoridad paterna y renuncian al principio de placer.



Es indudable que un científico como Isaac Asimov, creador de los robots positrónicos, habría abominado los robots boxeadores de Gigantes de acero, de Shawn Levy. No obstante, el filme trata sobre la conflictiva relación padre-hijo, como bien lo ha observado el poeta Willy McKey. Sugiero interpretar este filme como la lucha del hijo por el padre y no al contrario. Dicho con otras palabras, es Max quien le permite a su padre superar sus traumas cuando le deja controlar el robot. Antes de ese momento, Charlie era sólo una versión castrada de sí mismo, un padre desprovisto de la ley simbólica. El segmento señalado es el cuadro de una familia reunida y de los roles organizados padre-madre-hijo.



El árbol de la vida concluye con lo que parece ser el inconsciente de Jack: se reencuentra con sus padres y sus hermanos, pero se mantiene distante como un extraño. En una serie de imágenes inconexas le toca el cabello a la madre, quien está de espaldas a él, como simbolizando la renuncia de Jack. Luego, de vuelta a la realidad, vemos al protagonista tratando de darle sentido a su entorno. Para Lacan, el individuo siempre perseguirá en vano la unidad que tenía en la etapa preedípica, antes de ser arrojado tras el deseo.



A dos cultores de las letras
Permítanme aprovechar este espacio para felicitar a dos poetas de nuestra región: Manuel Cabesa y Néstor Mendoza. El primero, por una larga trayectoria que obtuvo un merecido reconocimiento en octubre del año pasado; el segundo, por erigirse ganador del IV Premio Nacional Universitario de Literatura mención poesía. Mis respetos para ellos.





Publicado en el diario El Periodiquito el 3 de marzo de 2012