martes, 13 de noviembre de 2012

NUESTROS ZOMBIES


a  Ray Bradbury

“me pregunto algo sobre los zombies.  ¿Qué pasa si no consiguen suficiente
carne para comer? No pueden morir de hambre, ya están muertos”
(reflexión de Raj en The big bang theory)

No cabe duda de que mientras vampiros, licántropos y el monstruo de Frankenstein dominaron la producción literaria y fílmica durante el siglo XX, cuyo referente prístino data del filme Frankenstein, de Thomas Alva Edison, en 1910,  los zombies predominan en el imaginario de nuestros días. En lo que sigue, me propongo revisar los motivos para tal vuelta de tuerca en el horizonte de expectativas del público de los últimos años. Aunque pueda obtener puntos claros a lo largo de esta nota, no espero agotar la cuestión zombie.

Parece haber una tendencia general de etiquetar de ciencia-ficción (CF en adelante) algo que es difícil de creer, hecho curioso, ya que una de las características esenciales del género es la posibilidad de materializar las historias que cuenta. En su brillante tesis Ciencia-ficción: un género que se extravía en su referente, Gabriel Payares nos explica el carácter paradójico del género, puesto que combina el discurso imaginativo de la ficción con el discurso científico, basado en lo verificable, en hechos verdaderos. Con todo, la CF constantemente excluye obras cuando el discurso científico de las mismas se actualiza, cuando se hace realidad. Estas obras, desde luego, son incorporadas a otros géneros literarios. Pensemos en la obra de Julio Verne, la cual hoy nos resulta tan ajena a la CF  que la vinculamos más con el género de aventuras.
            Hay que subrayar el hecho de que sin discurso científico no existe CF. Obras literarias y fílmicas como Quemando Cromo, de William Gibson, 12 monos, de Terry Gilliam; y Barbarella, de Roger Vadim, son de CF en la medida que tratan temas científicos como la informática, el viaje a través del tiempo y la posibilidad de organismos vivientes en otros mundos, respectivamente. Sustentándonos en los aspectos revisados, es imperativo establecer un contraste entre zombies que, como nos ilumina Slavoj Zizek en Mirando el sesgo, regresan porque no se cumplió correctamente con  la ceremonia de entierro o porque su deseo trasciende la muerte, y regresan para realizarlo. El surgimiento de estos zombies depende de un acto mágico o sobrenatural, como lo demuestra el filme Cementerio de mascotas, de Mary Lambert, o como el video musical Thriller, de Michael Jackson, cuyos zombies se arrojan a las calles a la medianoche, hora en que los espectros vagan, según el imaginario popular; por otra parte, los zombies que predominan en nuestra era, nuetros zombies, salen de la tumba porque un virus o alguna substancia química ha invadido su cuerpo. En una palabra, su origen tiene una causa científica. Ejemplos de este tipo van desde Plan 9 del espacio exterior, de Ed Wood Jr, a La noche de los muertos vivientes, de George Romero, hasta la serie de televisión The walking dead. Notemos, por ejemplo, que la saga Resident evil plantea la mutación de los zombies, como se puede observar en la más reciente entrega Resident evil, la venganza, de Paul W. S. Anderson.
            Los zombies están dotados de las mejores condiciones para ser monstruos posmodernos. Se sabe que la CF nace de la mano del positivismo científico del siglo XIX, de allí que un escritor como Julio Verne conquiste el espacio exterior, los mares y el centro de la Tierra en sus novelas. La literatura proyectará los logros de la utopía científica. La ciencia se apropia del proyecto emancipador religioso, y promete la felicidad plena del ser humano. El dominio zombie es espejo del desencanto posmoderno. Se supone que nuestro tiempo estaría bajo el control de inteligencias superiores, como lo imaginó Isaac Asimov en Yo, robot, mitología de la robótica que calculaba la salida al mercado del primer robot positrónico, Robbie, en 1996, robot que ayudaría a realizar tareas domésticas. Aunque en un futuro más lejano, Philip K. Dick creyó en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? que los seres humanos se preguntarían cuál era la esencia humana al confrontar androides que se comportaban de manera más humana. Para Ray Bradbury, los humanos colonizábamos Marte en 1999, como aparece en su mitología Las crónicas marcianas. En la saga Volver al futuro, de Robert Zemeckis, habrían carros voladores y anuncios holográficos hacia el año 2015.  En cambio, los zombies nos ofrecen lo más opuesto a un intelecto superior. Ellos no conservan el menor residuo de sustancia cognitiva. No razonan lógicamente ni muestran inteligencia emocional, es decir, no toman decisiones a partir de las emociones que puedan percibir del otro. Los zombies también dan al traste con el discurso emancipador de la redención, y, por consiguiente,  nos presentan la muerte como el más supremo sinsentido, desprovista de cualquier sentido trascendental. Encontramos cuerpos corrompidos, nauseabundos y mutilados que no persiguen propósitos vitales, como lo discuten los genios de The big bang theory, a propósito de la razón del acto de comer.
            Por otra parte, dejar a un lado su dimensión ideológica haría incompleta una aproximación a los zombies. Como otros productos culturales, los zombies manifiestan subrepticiamente el par binario básico de las ideologías: nosotros/ ellos. Con la caída del bloque soviético, Francis Fukuyama pronunció su conocido discurso sobre el fin de la historia, que se resumía en el fin de lo que él entendía como ideología, es decir, el marxismo. Sin embargo, obras como El sublime objeto de la ideología, de Slavoj Zizek; Ideología: una aproximación multidisciplinaria, de Teun van Dijk; e Ideología: una introducción, de Terry Eagleton, desde el psicoanálisis, la sociología y el análisis del discurso, respectivamente, han desmentido la idea de que ésta es una era posideológica. Acaso más importante es que han ampliado la noción que hasta hace poco se tenía sobre la ideología. Si los zombies sirven para algún fin ideológico, es porque provienen de un afuera contaminado, donde el sujeto ideológico proyecta sus fantasías. En lo que atañe a este punto, La enfermedad y sus metáforas y El Sida y sus metáforas, de Susan Sontag, evidencian que a través de la historia se han usado metáforas de enfermedades para hablar de aquellos que son considerados enemigos. Eso explicaría el hecho de que se ejecuten genocidios bajo la metáfora de la ‘limpieza’. Por tanto, no es accidental que filmes como El último hombre vivo, de Boris Sagal; Epidemia, de Wolfgang Petersen; Contagio, de Steven Sodenberg; y La invasión, de Oliver Hirschbiegel traten sobre la contaminación que viene de los Otros. El filme de Hirschbiegel merece mención aparte, por cuanto que es el remake de La invasión de los profanadores de tumbas, filme de Don Siegel, magnum opus de la Guerra Fría.
            Y si de propósitos ideológicos se trata, nos aterra que esa masa de seres carnívoros (por lo general atacan como una jauría) se lance contra nosotros y nos convierta en uno de ellos (propongo volver a La invasión de los profanadores de tumbas). La imagen de un ataque zombie es análoga a una masa dispuesta a linchar, grupo cuya excitación no deja momento para el cansancio ni para el aplazamiento. A diferencia de fantasmas, nuestros zombies no esperan hasta la medianoche para vagar por las calles; de vampiros, no hay cruz ni cadena de ajos que los persuada; del monstruo de Frankestein, el fuego no los atemoriza: de licántropos, los zombies no creen en balas de plata. En fin, uno hasta empieza a añorar aquellos días de infancia cuando  luchar contra los monstruos era más fácil.
Publicado en el diario El periodiquito el sábado 10 de noviembre de 2012