sábado, 16 de marzo de 2013

LOS INCURABLES, DE FEDERICO VEGAS


“cuando recordamos que todos estamos locos, los misterios
desaparecen y la vida queda explicada”
(Mark Twain)

Desde las obras de Harold Bloom hasta el filme Anónimo, de Roland Emmerich, se han propuesto explicaciones a la entredicha autoría de las obras de William Shakespeare. Es posible que la respuesta sea más simple y decepcionante de lo que suponemos. El error estribaría en buscar en la Inglaterra Isabelina a un William Shakespeare que pertenece a nuestro tiempo. Es decir, la valoración que hacemos de Shakespeare la heredamos del Romanticismo. La magnánima figura de la literatura occidental asociada con Shakespeare no fue una idea del tiempo que al dramaturgo le tocó vivir, como tampoco lo fue de la Inglaterra bajo el gobierno de Oliver Cromwell. Un caso a la par de éste es el de Georges Méliés, fecundo precursor del cine que fue marginado por sus contemporáneos, y cuya vasta obra casi se perdió en su totalidad, tema, por cierto, de un hermoso tributo en Hugo, del cineasta Martin Scorsese.
Los ejemplos mencionados arriba son pertinentes porque, como lectores, notamos que en Los incurables (2012) Federico Vegas experimenta una disonancia cognitiva similar. El autor se aproxima a la vida del pintor Armando Reverón con la idea de máxima figura del arte venezolano que de éste tenemos en la actualidad. De allí su decepción al entrevistar a familiares y amigos y encontrar que perdura la imagen del Reverón loco: “En el caso del recuento de mi padre, yo quería animar al niño que una vez jugó en las playas de Macuto, a romper con la visión que se le imponía sobre el loco de la quebrada y convertirse en un buen amigo del pintor, al menos en el emancipado y volátil territorio de sus evocaciones”. Cabe interrogarse hasta qué punto este intento de disociar la imagen del pintor con el loco condicione la fotografía que cubre el libro, donde vemos a un Reverón de mirada gallarda y completamente rasurado, una foto poco usual para quienes desean toparse con la imagen del artista que ha perdido la razón.
Los incurables es un remarcable ejercicio hermenéutico que trastabilla con datos poco confiables, puesto que algunas de las personas que tuvieron contacto con Reverón evitan autorepresentarse como ignorantes del valor de su pintura. El ejemplo más notable es el de José Rafael Hutchson, quien se supone que atendió al pintor en el sanatorio San Jorge, dato cuya veracidad será puesta en duda por otros entrevistados. Lo cierto es que desde las primeras entrevistas se evidencia la necesidad de Hutchson por hablar de sí mismo, de su amor por Milagros Iribarren, de sus recuerdos de niños, de su amistad con Robert Lyle, de su labor profesional. Por eso,  las palabras de Iribarren gravitan entre todas las personas que se mencionan en el libro: “Mucho más nos define Reverón a nosotros que nosotros a él”.
Ahora bien, si lo que confiesa Hutchson es falso, podemos estar ante un caso como los señalados por Freud en Los escritores y el soñar despierto, ensayo cuya tesis es que la ficción sirve como un depósito para las fantasías del escritor. Este es uno de los argumentos de quienes se han manifestado en contra de las autobiografías. Basados en esto, podríamos preguntarnos si en su último libro, Diario de invierno, Paul Auster realmente recupera datos de su memoria o, por el contrario, recuenta los eventos cómo hubiese deseado que ocurriesen. Una variable interesante no las ofrece el filme La vida de Pi, de Ang Lee, donde un joven recurre a la ficción para articular en un lenguaje lo que es inenarrable: sobrevivió un naufragio luego de que matara (y es posible que se comiera) al cocinero quien, a su vez,  había asesinado a la madre de aquel. La narración fantástica que logra Lee es de unos paisajes naturales potenciados por luces y colores.
No hay que culpar a Vegas, por cuanto Hutchson es un conversador elocuente, fluido, que despliega sapiencia y una amplia cultura universal, que abarca las lenguas foráneas, el cine de Bergman y el de Buñuel, la filosofía de Schopenhauer, las obras de Shakespeare, la poesía de W.H. Auden, y comparaciones literarias como la que establece entre Juanita y la Lolita de Nabokov, entre otros tópicos. Es natural que un cazador de historias se sienta tentado a avanzar en un diálogo como el que propone Hutchson: “hay dos posibilidades que debo aceptar y soportar con dignidad: Hutchson es el tema que me ocupa, Hutchson me conoce y me manipula” ¿podríamos reprocharle a Shahriar que se arrellane en el lecho para escuchar a Sherezade?
Ciertamente, Los incurables nos habla sobre la vida de Armando Reverón. Vegas escudriña y comenta los trabajos que sobre el pintor han realizado Juan Liscano, Juan Calzadilla, Alfredo Boulton y Margot Benacerraf, entre otros tantos. Sin concesiones, Vegas señala lo que estos trabajos tienen de loables y cuáles pueden ser sus observaciones erróneas. Somos conducidos hacia Castillete, el sanatorio San Jorge y la Caracas de los años cincuenta. Conocemos otros libros que le sirven al autor para entender a Reverón. Por último, nos aproximamos a las técnicas cultivadas por el pintor en su obra.
Aunque a primera vista el título en plural puede parecer un error, es un genuino acierto. Vegas sentencia: “todo escritor aspira llegar a ser un incurable y sabe que el único consuelo por ser portador de un virus sin remedio es lanzarse hacia esa ansiedad con osadía”. Similarmente, nosotros, los lectores, también somos incurables en una búsqueda infatigable por libros que, como afirmaba Borges, sean una forma de la felicidad.
Publicado en el diario El Periodiquito el sábado 16 de marzo de 2013.




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